Hace muchos años, cuando escuchábamos música en el ordenador, había una cosa muy sencilla: abrías Winamp, cargabas tus canciones y le dabas a random.
Y ya estaba.
Era como cortar una baraja. Cambiabas el orden de las canciones y a ver qué salía.
Durante años entendí el aleatorio exactamente así. Había canciones que funcionaban juntas por casualidad y otras que parecían haber sido escogidas por alguien que te tenía manía.
Hasta que últimamente me ha empezado a pasar una cosa.
Estoy escuchando una playlist y aparece una canción.
Bien.
Termina.
Y empieza otra.
Y pienso:
Esta es exactamente la que yo habría puesto ahora.
Vale. Casualidad.
Pero vuelve a pasar.
Y otra vez.
Y empiezas a escuchar de otra manera.
Porque una cosa es que un algoritmo conozca tus gustos. Eso ya hace tiempo que dejó de sorprendernos. Si escuchas mucho a un grupo, es bastante lógico que te recomiende otro parecido.
Lo raro es cuando parece entender qué canción tiene que venir después.
Ahí ya entramos en otro terreno.
Porque escoger canciones que te gustan es fácil. Lo complicado es ponerlas en un orden que tenga sentido.
Eso lo sabemos muy bien los que hemos pinchado música. Una canción puede funcionar perfectamente sola y, sin embargo, ser una pésima elección después de la anterior. Y al revés: una canción que quizá ni siquiera habías pensado poner puede convertirse en la canción perfecta simplemente porque llega en el momento adecuado.
El orden importa.
Mucho.
Y ahora el reproductor parece empezar a entenderlo.
No es que Spotify se haya convertido en nuestro DJ residente. Todavía hay decisiones que te hacen pensar que, si estuviera pinchando en un bar, probablemente alguien acabaría pidiendo que cambiara de música.
Pero cada vez acierta más.
Los sistemas actuales pueden tener en cuenta nuestros hábitos de escucha, las relaciones entre canciones y artistas y características musicales como el tempo o la tonalidad. Y combinan todo eso para decidir qué creemos que queremos escuchar.
O, mejor dicho, para intentar averiguar qué queremos escuchar después.
Y ahí es donde está la gracia.
Porque no recuerdo cuándo cambió el concepto de shuffle.
No hubo un día en el que alguien anunciara que el botón de aleatorio había dejado de ser simplemente aleatorio.
Simplemente, un día pulsas el botón que llevas utilizando desde los tiempos de Winamp y te das cuenta de que las canciones empiezan a caer en su sitio.
Una.
Otra.
Otra.
Y piensas que quizá no estás escuchando una lista de canciones escogidas al azar.
Escuchas lo que acaba de sonar.
Piensas en lo que podría venir después.
Y eliges.
La diferencia es que ahora ese alguien no está en una cabina.
Está dentro del reproductor.
Y lo más extraño no es que una máquina sea capaz de recomendarte una canción que te gusta.
Y entonces vuelves a pensar en Winamp.
En aquel random que consistía, básicamente, en cortar una baraja y esperar.
Solo que ahora parece que alguien ha mirado las cartas antes que tú.
Perfil de Fibla en X:

No hay comentarios:
Publicar un comentario