Interpol — This Mirror Weighs a Ton: seguir siendo Interpol sin quedarse atrapados en el pasado
Hay bandas que evolucionan cambiando de piel y otras que evolucionan aprendiendo a habitar mejor la misma piel. Interpol pertenece claramente al segundo grupo. En This Mirror Weighs a Ton, su octavo álbum de estudio, el grupo neoyorquino no intenta reinventarse ni competir con la sombra monumental de Turn On the Bright Lights. Hace algo bastante más difícil: profundiza en su propio lenguaje sin dejar que se convierta del todo en una fórmula.
El resultado es un disco oscuro, elegante y deliberadamente contenido, pero también más abierto de lo habitual. Andrew Wyatt, productor del álbum, ayuda a ensanchar el paisaje sonoro con sintetizadores, cuerdas, maderas, guitarras acústicas, armonías vocales y una serie de texturas que aparecen alrededor del núcleo clásico de Interpol.
Y ese núcleo sigue intacto: la voz grave y distante de Paul Banks, las guitarras geométricas de Daniel Kessler y esa sensación de caminar por Nueva York a las tres de la mañana mientras algo indefinible acaba de salir mal.
El pasado como punto de partida, no como destino
La tentación de juzgar cualquier nuevo disco de Interpol comparándolo con Turn On the Bright Lights es casi irresistible. Pero hacerlo también puede ser una trampa. Han pasado más de veinte años desde aquel debut y la banda ya no tiene nada que demostrar respecto a su identidad.
This Mirror Weighs a Ton funciona mejor cuando se escucha como un disco de madurez que como un intento de recuperar la juventud.
“See Out Loud” es probablemente el ejemplo más evidente. Hay aquí guitarras que recuerdan inmediatamente al Interpol clásico y una energía que conecta con sus primeros trabajos. La particularidad está en la participación vocal de Kessler, algo excepcional dentro de la trayectoria del grupo.
Pero el disco se vuelve más interesante cuando se aleja de esa zona de seguridad.
La canción que da título al álbum abre un espacio mucho más atmosférico, con una producción envolvente y texturas que recuerdan por momentos al trip-hop. “Wake Up” juega con un pulso casi bailable, mientras “So Rides the Reindeer” introduce una sensibilidad acústica poco habitual en el repertorio de la banda. “Sudden”, por su parte, se acerca a una especie de balada de cámara deformada por sintetizadores y capas ambientales.
No son cambios radicales. Y ahí está precisamente la cuestión.
La belleza de no reinventarse
Uno de los méritos del álbum es que sus nuevas texturas no parecen pegadas artificialmente para demostrar que Interpol todavía puede experimentar. Las guitarras siguen mandando, pero ahora comparten espacio con arreglos y detalles que hacen que las canciones respiren de otra manera.
La propia banda ha descrito el disco como una ampliación de su paleta sonora, más que como una ruptura con su identidad.
El problema es que esa prudencia también puede convertirse en su principal limitación.
En algunos momentos uno tiene la sensación de estar escuchando posibilidades que el grupo podría haber llevado mucho más lejos. Hay canciones en las que una textura particularmente extraña, un cambio de estructura o una producción más arriesgada parecen estar a punto de abrir una puerta que finalmente vuelve a cerrarse.
Es una crítica que también aparece en la recepción del álbum: Pitchfork destaca que el disco es sólido y adecuadamente sombrío, pero considera frustrante que algunas de sus ideas más interesantes no lleguen a desarrollarse por completo.
Paul Banks, cada vez más cómodo en la penumbra
La voz de Paul Banks sigue siendo uno de los grandes activos de Interpol. Pero ya no necesita ejercer la misma autoridad dramática que en 2002.
Hay algo más reflexivo en su interpretación actual. Las canciones siguen hablando de aislamiento, tensión emocional, percepción y relaciones difíciles, pero Banks parece menos interesado en representar al hombre condenado de sus primeros discos y más dispuesto a observarlo desde cierta distancia.
Eso encaja perfectamente con el concepto del álbum: un disco sobre mirar hacia dentro, sobre la percepción y sobre cómo nuestra propia imagen puede deformarse cuando la observamos demasiado tiempo.
Y quizá por eso el título resulta tan apropiado. El espejo pesa porque lleva encima toda la historia de la banda.
¿Un nuevo clásico?
Probablemente no.
Y tampoco necesita serlo.
This Mirror Weighs a Ton no tiene la urgencia histórica de Turn On the Bright Lights, ni la colección inmediata de himnos de Antics. Su fuerza está en otro lugar: en la capacidad de una banda veterana para seguir encontrando pequeñas grietas dentro de una estética que podría haberse convertido hace mucho en una simple marca registrada.
Hay momentos extraordinarios y otros en los que Interpol parece demasiado consciente de sus propios límites. Pero incluso sus decisiones más conservadoras están ejecutadas con una elegancia que pocas bandas de su generación pueden mantener.
Más que reinventarse, Interpol ha decidido mover ligeramente los muebles de la misma habitación oscura.
Y, después de ocho discos, quizá eso sea precisamente lo interesante: siguen siendo reconocibles desde el primer acorde, pero todavía existe alguna esquina de esa habitación que no habíamos visto.
Lo mejor: “This Mirror Weighs a Ton”, “See Out Loud”, “So Rides the Reindeer”.
Lo menos convincente: cuando las nuevas posibilidades sonoras parecen insinuarse y no terminan de desarrollarse.
Mi conclusión: un disco de madurez, atmosférico y cuidadosamente expansivo. No intenta recuperar el pasado; intenta demostrar que todavía hay algo que explorar dentro de él.
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